Viaje a la semilla del Vive Latino

Viaje a la semilla del Vive Latino

“Los cuadros de mármol, blancos y negros,
volaron a los pisos, vistiendo la tierra”
Alejo Carpentier

Texto: Felipe Castillo

Fotografía: Alejandra Rocha

18 de marzo, 8:40 pm.

“Estoy bebiendo Jarabe de Palo y escuchando a esta cerveza” Es lo primero que les digo a Ale y a Ricardo cuando los encuentro, ya entrada la noche, en el concierto. Y a partir de aquí todo comienza a ocurrir a la inversa. De pronto estoy sentado en las gradas del Foro Sol viendo al dúo Justice armar un show increíble con música y luces. Frente a un marasmo de gente que aún agita las manos y da vuelta a sus cabezas en todas las direcciones imaginables. Ahora que de golpe se ha movido el reloj hacia las doce de la noche del día siguiente, es decir, el cierre del festival. Antes de subir a las gradas estuve observando un buen rato el ritmo diferenciado con el que la gente entraba y salía del escenario principal que a estas horas de la madrugada ya no luce repleto. Desciendo las escaleras con la vista al cielo y me dirijo, siempre hacia atrás, a la presentación del Cuarteto de Nos, donde los uruguayos (vaya que Uruguay queda lejos de aquí, pensé) anuncian su nueva canción: Gaucho power. “Tenemos la fortuna de estrenarla en este festival, para toda Latinoamérica”. Y se dedican a interpretar este tema que juega con sonidos poderosos del rock electrónico, y la herencia y la resonancia de una palabra tan profunda y tan extensa como las pampas sudamericanas donde se pasean, indomables, los gauchos. Son las once de la noche del 19 de marzo.

Aguardo unos minutos para después deambular por una buena parte del Autódromo hasta la presentación de Dolores de huevos. Cuando estoy yéndome, el vocalista improvisa un monólogo extraviado entre dos tonos usados indistintamente y la rechifla generalizada de quienes no entendemos que el concierto está a punto de finalizar. Acto seguido los escuchas se agitan, llevados por el éxtasis y el clamor de las guitarras distorsionadas y el ritmo de la batería que marca el tiempo en sentido contrario. Camino entonces junto con Frida, sin dejar de ver el escenario donde Dolores de huevos comienza su presentación, hasta llegar de espaldas al escenario principal donde Zoé hace bailar a todos con sus temas grandes. Son en realidad temas bastante grandes, del tamaño de la Ciudad cuando menos (y eso ya es decir mucho). Siempre parados a la derecha del marasmo de gente aguardamos a que empezara el turno de Zoé para entrar y después salir de la presentación de Julieta Venegas, es decir dirigiéndonos hacia allá en sentido contrario, donde nos encontramos todos como más tarde lo planearíamos. Y escuchamos todo ese concierto.

Atravieso transversalmente el Foro Sol, es decir, la plaza principal del festival, cuando son ya las 8 de la noche, mientras los Hombres G tocan y llevan a los fans del éxtasis de los acordes más sonados de sus canciones convertidas en himnos a la expectativa de que aquellos salgan al escenario. Operando así un doble viaje en el tiempo: de los ochenta al presente y viceversa. “Sufre mamón/ devuélveme a mi chica/ o te retorcerás/ entre polvos pica-pica/ sufre mamón…” ¿o es que no se había mencionado que ésta es una de esas canciones que se extienden a lo largo del tiempo y pueden ser infinitas?
Al llegar al otro extremo quedé con Ale y Ricardo de encontrarnos hace rato en el concierto de Julieta. Entonces vamos a donde Attaque 77 toca “Western”.

18 de marzo, 3:40 pm

La entrada fue caótica. Tras una espera prolongada en el metro logré descubrir que mi acceso era hasta el Palacio de los Deportes. Entonces fui corriendo. Ya allí, después de dar mi nombre, para verificar el permiso de mi presencia en una lista, aguardé a que un edecán nos llevase a mí y otros periodistas hasta la entrada del festival, cruzando el puente peatonal situado sobre Río Churubusco, y nos condujese a través de las multitudes hacia la parte trasera del escenario principal. Tocaba en aquél instante Doctor Krápula, una clásica banda de colombianos que sabe cómo hacer bailar a las personas. Entramos a la zona de prensa, y a mí lo que más me preocupaba eran mis agujetas desabrochadas, pues temía caer de boca –o de cara –al piso. Aunque al mismo tiempo no sabía si detenerme a abrocharlas puesto que no quería perder al grupo de periodistas, fotógrafos y camarógrafos entre los que me encontraba inmerso. De alguna u otra forma llegamos a la zona de prensa, o al corazón del monstruo como aprendí a decirle. La entrada, en fin, fue caótica.

Las horas que transcurrieron en seguida fueron aplastantes, de una forma tan segura que sentí que me asfixiaba, pues yo no encontraba el tiempo para organizarme y saber qué estaba haciendo. La consigna era hacer una cobertura del festival. Con una grabadora de voz, un micrófono y un celular con crédito. A mí me sonaba perfectamente lógico. Pero sólo desemboqué en el absurdo. Ahora bien, mientras pensaba todas estas nimiedades Inspector estaba dándole en la pista principal, y yo como autómata me dirigí hacia la Carpa Doritos donde Little Jesus estaba apareciendo lentamente. Tardé en llegar hasta allá pues busqué a mi hermana en medio del desastre, y la desesperación me hizo su presa, y yo estuve al borde de la locura. Pero caminado se me olvidó todo. “Espero que esta canción les haga recordar cosas chidas…se llama Azul”.

18 de marzo, 00:00

Bronco está aún tocando en el escenario Pilsner, pero mi hermana y yo decidimos mejor irnos de allí. Caminamos ya arrastrando los pies entre una ola de gente que se acerca, con movimientos concéntricos, hasta un stand de Coca-cola donde regalan muestras gratis del refresco, sin azúcar. Por supuesto que saben horribles. Pero antes de eso, escuchamos a los Babasónicos en aquel escenario, unas horas antes. Y los escuchamos interpretar temas que hacía rato no tocaban, y otros que hacía rato sí tocaban. Nos tocó cantar “Loco” en medio de la gritería de una audiencia desbordada de alegría y éxtasis sin límite.

Porque antes de este concierto escuchamos a Los Fabulosos Cadillacs en el escenario principal. Interpretaron algunas de su más reciente producción discográfica, y también volvieron sobre aquellos himnos que devinieron canciones, o aquellas canciones que devinieron imágenes de, por ejemplo, una luna cruzando el cielo y las pantallas del escenario. De aquellos murmullos y cantos guturales por lo bajo que se convertirían en miles de personas coreando una pieza que todos esperábamos a que tocaran (“…No quiero morir sin antes haber amado, pero tampoco quiero morir de amor…”), y que sin embargo, al escucharla, no creíamos que la tocaran. Y antes de eso, escuchamos a Jarabe de Palo.

19 de marzo, 2:30 pm.

La entrada fue caótica. Hacía muchísimo sol. Los pasos parecían pesados. Los policías estaban allí parados, con sus uniformes, sufriendo el calor en carne y alma. Nos veían pasar y nosotros que arrastrábamos los pies mientras entregábamos nuestros boletos de acceso. Trasponer la entrada implicaba darle la vuelta a toda la curva cuatro del Autódromo Hermanos Rodríguez. Y en el fondo, anunciando el segundo día del festival iberoamericano de cultura musical, The Cavernarios interpretaba sin miramientos, aún a pesar del sol y de los pasos pesados, “En el bar”, una canción de esas que sacan el buen humor. Aún a pesar de la entrada caótica.
Estuvimos sentados durante toda la presentación de Antidoping, esperando a Adrián, pues él entró hoy como prensa. Y le tocó hacer el viaje hasta la puerta uno del Palacio de los Deportes, y cruzar el puente peatonal, y caminar entre las personas hasta entrar a la zona de prensa que es en realidad el corazón del monstruo. Luego fuimos a la presentación de LNG/SHT y escuchamos brevemente a Liran Roll. Uno puede imaginarse lo que significa enfrentarse de pronto frente a estas dos opciones de la escena nacional, dos bandas que si lo pensamos bien, no son tan diferentes. ¿Cuándo el rock urbano se volvió rap? ¿O no es más bien como continuación de lo mismo? ¿O es que en serio son tan distintos? Es posible que “Llaves, teléfono y cartera” y “Quién te cantará” hablen en realidad de lo mismo, como si una fuese la continuación de la otra. Como si en el fondo las formas de enfrentarse a la vida haciendo música aún después de tantas generaciones no sean tan distintas. Como si todas las ediciones del Vive Latino tuviesen algo interno que nos hace pensar que hay una continuidad entre los años. Una continuidad casi progresiva entre los carteles, los diseños de los carteles, los patrocinadores y las agrupaciones que se presentan.

Nos dirigimos, más tarde, al escenario Indio Pilsner para escuchar a La Sonora Santanera. Allí llegamos a la conclusión de que, definitivamente, todas las canciones de esta agrupación son unos clásicos, todas. Lo sorprendente también fueron las participaciones de numerosos artistas que se decidieron a compartir sus aportaciones para el show de La Sonora que además celebraba sesenta años de trayectoria (sesenta años son toda una vida, o hasta tres vidas). Nos salimos un poco antes para ir a la pista principal. Para ver a Los Enanitos Verdes.

“Pero recuerda/ nadie es perfecto/ y tú lo verás/ más de mil cosas mejores tendrás/ pero cariño sincero jamás/ vete olvidando/ de esto que hoy dejas y que cambiarás/ por la aventura que tú ya verás/ será tu cárcel y nunca saldrás.” Y luego, por supuesto, cerraron con “Lamento boliviano” pues no podía ser de otra manera. Entonces la tarde que era tarde dejó de serlo, y se convirtió en noche mientras en el otro escenario, en aquél que da al metro, Mon Laferte se consagraba en el festival. La noche fue verde.

Adrián se despidió pues no podía más ni con su alma ni con su cansancio. Entonces Ale, Ricardo y yo nos dirigimos al escenario Vive Latino, donde Attaque 77 tocaba “Western”.

18 de marzo, 7:30 pm.

Terminó el concierto de Little Jesus y fui a la zona de prensa. Estaba sentado escuchando la conferencia de prensa de Inspector, cuando decidí ir a escuchar a Jarabe de Palo. Camino hacia allá comenzó a oscurecer. Aún más incluso que hace rato. Ahora la noche avanza más decidida sobre miles y miles de personas que nos hallamos aquí reunidas un año más ante esto que es ya como un ritual. Porque esto es el Vive Latino a fin de cuentas. Y los rituales no se reportean. Los rituales se viven y luego se recuerdan de la mejor forma que uno es capaz de hacerlo. Entonces me doy por vencido, me compro una cerveza y me dispongo a disfrutar del show de Jarabe de Palo. Luego me encuentro con Ale y Ricardo y me doy cuenta de que el tiempo comienza a transcurrir a la inversa.

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