Órale, que mi mamá todavía no me deja llegar tarde: 33 años de Botellita de Jerez

Órale, que mi mamá todavía no me deja llegar tarde: 33 años de Botellita de Jerez

Texto: Felipe Castillo

Son las 9:20 de la noche del 30 de septiembre del año 2016. El concierto estaba pactado para las nueve de esta noche en El plaza Condesa, y sí, los asistentes llegaron puntuales. Yo soy como un fantasma en medio de un marasmo de personas que son prácticamente todas de la generación de los setentas y sesentas, y digo que soy como un fantasma porque no entiendo mucho de lo que sucede en aquellos momentos, ni de los referentes musicales, ni de las camisas que llevan puestas. Esperábamos que saltaran al escenario los mismos tres de siempre y la nueva guitarra. Llevaban ya quince minutos de música para ambientar, cuando de pronto empezó a escucharse una pista instrumental que anunciaba una entrada triunfal a la tarima de El plaza… una entrada triunfal que se prolongó cerca de cinco minutos traducidos en música coreada por toda la gente reunida esa noche.

Órale, que me van a cerrar el metro/ órale, que mi mamá todavía no me deja llegar tan tarde

¿Es posible explicar lo que significaron esas frases en aquél contexto específico? Pensemos que es el concierto de la H.H. Botellita de Jerez después 33 años de haber iniciado su carrera musical. Recordemos también que está a punto de iniciar “el toquín” y que entre los asistentes se encuentran dos individuos que rozan los 45 años y que le gritan al escenario vacío esas frases que tienen que ver con los horarios del sistema de transporte colectivo, y con el permiso que les otorgan sus respectivas madres (qué bueno que las mamás siguen teniendo más autoridad aún sobre la figura del padre, ¿o acaso eso también es irónico?). Siendo así, podemos imaginar muchas cosas, como que es en serio eso de que a aquél hombre no lo dejan llegar tarde todavía, incluso como hace 33 años tampoco lo dejaban; o bien, puede ser que no, que en realidad quiere que salgan los botellos a tocar y por eso les grita esa sardónica frase que debería ser chistosa. ¿Qué motiva a alguien a gritar esa frase? No sé qué responder a eso o qué esperar después porque el concierto aún no empieza. Son las nueve y veinte de la noche, y la gente comienza a acercarse cada vez más al escenario. “Los botellos” les dicen casi de cariño, y uno puede oler (parado como un espectro, como lo que yo era entonces, a la mitad del recinto) los recuerdos de quienes platican de cómo eran hace unos años “los botellos”. Me pregunté entonces, ¿por qué habrán venido muchos de camisa y zapato, o de vestido y tacón? ¿Se habrán escapado de la oficina o en serio había que venir tan elegante?

Y en eso la música de la entrada triunfal de cinco minutos (a la que ya no hacíamos mucho caso) se termina. Se apagan las luces, cuando son las nueve y veinticinco, y hace su aparición, por fin, La botellita de jerez. Los cuatro músicos recibidos entre un mar de aplausos comienzan sin más retrasos a hacer lo que mejor saben, que sí, efectivamente, es tocar rock nacional; o Forjar patria, que al final de cuentas es más o menos lo mismo.

Habría que hacer una sumaria historia de la banda, ¿es cierto que las letras de sus canciones siguen siendo vigentes y tan políticamente controvertidas como se supone que siempre lo fueron? ¿En dónde radicará el barroquismo de La botellita? puede ser en la letra del “Guacarock de la Malinche”, por lo menos cuando yo escucho el coro que dice: Pinche malinche/ Lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc, me imagino cerca de seis o siete referencias contenidas en dos líneas, lo cual según yo y mi tal vez pobrísima interpretación, ya es demasiado. Y del resto de la letra de esa canción, mejor ni hablamos porque al final resultará que yo no entendí ni ocho palabras.

Mientras todos nosotros, los parientes (y parientas) de Hernán Colón nos reímos con “La Valona de la conquista” suceden millones de cosas, de las que yo me pregunto algunas cuantas y llego a la conclusión, junto con un grupo de fans de La botella de que sí, de que definitivamente habría qué hacer una sumaria historia de la banda. Podría ser a la manera de Bernal Díaz del Castillo y su Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias. Ahora me pregunto, ¿los parientes de Hernán Colón son todos los que no somos mexicanos? Lo único que saco en claro es eso de que indudablemente La Botellita de jerez ha contribuido a forjar la patria (sea esto lo que fuere) y a derrumbar una serie de mitos y “verdades históricas” a fuerza de guacapatadas.

No olvidemos tampoco el mensaje hacia la mitad del evento: no a la privatización del agua. En voz Armando Vega Gil se escuchó el acalorado reclamo acompañado de las mentadas de madre al presidente y de paso a la H.H. Cámara de Diputados y Senadores. El mastuerzo, siempre siendo irreverente, no se quedó atrás y apoyó todo lo que dijera el vocalista. Rafael González y Santiago Ojeda otorgando su apoyo y sonrisas continuaron el reclamo y el ejercicio de libre expresión. Porque cada que se escuchaba una mentada de madre al presidente (la figura de la maternidad reaparece) una estruendosa rechifla lo acompañaba que llegaba hasta el bullicio y las risas.

Cuando uno escucha el concierto y se da cuenta de que han pasado cerca de tres horas (pues ya son las doce la noche) piensa que además de una sumaria historia, esta agrupación se merece también un monumento. Una efigie a los botellos debería tener el mismo impacto que aquella imagen de soldados norteamericanos en Iwo Jima alzando la bandera tuvo en el imaginario estadounidense. Porque en definitiva, Botellita de Jerez no ha pasado desapercibida durante estas tres décadas. Muy adentro de nuestras mentes, tal vez inconscientemente (y que me disculpe Freud si lo que digo es una guacajalada) por lo menos recordamos la letra de “Alármala de tos”: ¡Alarma!, Alármala de tos/ Uno, dos, tres / Patada y coz. Una banda que ahora, aunque muy viva aún (pues a pesar de que la mayoría de asistentes eran de generaciones arriba, habíamos también un fortalecido grupo de nuevas generaciones) ya podemos pensarla como una agrupación de la fase mitológica del rock nacional. Incluidos en esa historia oficial de la música urbana del D.F. que está retratada en el mural del metro Chabacano, donde la constelación de trovadores y rockeros contemplan el ir  venir de toda la gente en la Ciudad de México.

Luego, a las doce de la noche, finalizó el concierto. El gritón hace rato tenía toda la razón: nos cerraron el metro.

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